La pandemia de los miedos y el biopoder en los sistemas híbridos

Por: Carlos A. Franco Gil

Crítica y debates contemporáneos [Biopolítica] FACSO UCE
https://youtu.be/907XkoLqKP8

El diccionario de la real academia define a las epidemias como las enfermedades que se propagan algún tiempo en una población y que afecta a gran número de personas; mientras que se dice que las pandemias son enfermedades epidémicas que se extienden a muchos países o que atacan a casi todos los individuos de una localidad o región. Así pues, el auge de estos episodios suele estar presente en la historia de la humanidad, existiendo a lo largo de nuestro recorrido cronológico diversas coyunturas que han traído consigo grandes tragedias sobre la especie.

Quizás el mayor referente en el mundo occidental fue la peste negra del siglo XIV, sin embargo, lo recurrente de las epidemias y pandemias dispara el sentir del miedo como elemento común, lo cual a su vez genera un estado de reflexión sobre los elementos presentes dentro de las sociedades que efervescen en estos escenarios donde los comportamientos humanos son llevados a los límites, quebrando las barreras de lo que podemos llamar normalidad.

La enfermedad y el retorno a la radicalidad ontológica

¿A que le teme la humanidad con las enfermedades? La aparición de las ciencias médicas vino a traer al plano del entendimiento y la razón una estructura alimentada por supersticiones y espacios vacíos, siendo ahora que una de las armas mas temidas de un ente externo (metafísico en las mentalidades) podía ser vulnerada y derrotada. Michel Foucault expresa parte de este escenario en su libro El nacimiento de la clínica, en donde los elementos que planteamos se abstraen hacia sus efectos como fenómeno cultural; fenómeno por que es visible en sus efectos socioculturales. La clínica parecía abatir así ese miedo a la enfermedad porque a la misma se le podía estudiar, comprender, analizar, atender y derrotar, pero mas allá de eso, las epidemias y pandemias disparan mecanismos que recuerdan el mayor temor del humano: lo desconocido.

La ensayista estadounidense Susan Sontag refiere en su obra La enfermedad y sus metáforas a dos de los mayores temores de la sociedad occidental del siglo XX reflejadas en enfermedades, en su caso especifico no epidémicas sino individuales, como lo es el cáncer y el sida, pero comentando dos aspectos interesantes en torno a los efectos socioculturales de estos padecimientos, al señalar que el temor real gira en torno a lo desconocido, lo que a su vez deviene en una construcción en torno al enfermo como paria de la sociedad. El no saber que genera la enfermad, como se contrae, como se controla, que síntomas genera y si deviene o no en la muerte, activan el miedo humano con su raíz ontológica, que trata de solventar, desde los inicios de sus conciencia, mediante respuestas sobre lo que desconoce, y al ser superado por ello, al no encontrar respuestas aísla en buena medida ese desconcierto, lo que termina segregando a los enfermos por ser representación aun viva de lo desconocido; eso que sintetiza Emanuele Amodio al decir “del miedo generalizado, frente a la muerte invisible, incontenible y misteriosa” [1], en pocas palabras, la pandemia nos retrae a los mas radical de nuestro ser.

Distintos testimonio podemos encontrar a lo largo de la historia que señalan los aspectos que hemos mencionado, para ello tomaremos tres ejemplos distanciados en el tiempo y el espacio, para afrontar como el miedo y la enfermedad se conjugan para activar sensaciones similares, incluso mas allá de la aparición misma de la clínica. En su Visión de los Vencidos: relaciones indígenas de la conquista, el mexicano Miguel León Portilla comprime varios relatos del episodio de la toma de Tenochtitlan por los ibéricos en el siglo XVI, donde se relata un episodio epidémico de viruela: 


Era muy destructora enfermedad. Muchas gentes murieron de ellas. Ya nadie podía andar, no mas estaban acostados, tendidos en su cama. No podía nadie moverse, no podía mover el cuello, no podía hacer movimientos de cuerpo; no podía acostarse cara abajo, ni acostarse sobre la espalda, ni moverse de un lado a otro. Y cuando se movían daban gritos. A muchos dio la muerte pegajosa, apelmazada, dura enfermedad de grano.

Muchos murieron de ella, pero mucho solamente de hambre murieron: hubo muchos muertos por el hambre: ya nadie tenia cuidado de nadie, nadie de otros se preocupaba.[2]


Jean Delumeau en su El miedo en Occidente, refiere un descriptivo testimonio sobre la epidemia de cólera en Marsella, parte del epicentro del mundo occidental de la época, la Francia de 1720:


…silencio general de las campanas…, calma lúgubre…mientras en otro tiempo se oía de muy lejos cierto murmullo o un rumor confuso que impresionaba agradablemente los sentidos y que alegraba…no se alza ya el humo de las chimeneas sobre los tejados de las casas como si no viviera nadie…, todo esta generalmente cerrado y prohibido.[3]


De la misma manera, en la Venezuela del siglo XIX, el cólera fue uno de los mayores males atados con una percepción rudimentaria del manejo de la enfermedad, y la ausencia de mecanismos institucionales efectivos para su atención, que devino en miedos colectivos que fomentaron migraciones internas:


…El jefe político del cantón de Curiepe…Cura Pbro. Antonio Negroni hacían lo posible por localizar la epidemia, pero no podían evitar el éxodo de los aterrorizados que eran casi todos los vecinos…huían hacia las poblaciones vecinas que estaban aun libres y también por los montes…hasta el extremos de ordenar frecuentes balas de cañón como medida sanitaria.[4]


Los señalados episodios que denotan el agitamiento de la fibra del temor, podemos complementarlos con las pavorosas visiones que desde las comunicaciones en redes sociales durante este 2020 nos llegan desde las calles atestadas de cadáveres en Guayaquil, las morgues improvisadas en Nueva York o la altísima mortalidad en Italia, hechos consecuencia de los embates del Covid-19. Articular todos estos episodios mas allá del tiempo, nos da la idea que la sensación del miedo por las enfermedades es atemporal y global, ya que parecieran responder hacia el desconcierto ontológico a lo desconocido de los padecimientos y la muerte.

Este miedo, esencialmente natural, constituye una bisagra que relaciona lo corporal con el poder, viendo a este ultimo como la capacidad de que los niveles de decisión tengan influencia sobre individuos y comunidades. El poder se expresa en relaciones de poder con las cuales se dinamiza, por lo que, el poder no es un mecanismo por si solo, sino que se constituye a través de relaciones, de redes. El vínculo entre la capacidad de incidir decisivamente sobre los cuerpos y mentes, y como estos se regulan o autorregulan es lo que podemos definir como biopoder. El miedo, en este contexto generado por las pandemias, representa un dispositivo de regulación del sujeto sobre el cuerpo por incidencia de un nivel de poder.

El miedo como dispositivo del biopoder

El transcurrir y superar una pandemia se traduce en experiencias de supervivencia, y el afrontar escenarios y consecuencias posteriores que colocan al humano frente al caos alimenticio, económico y político, pero a su vez recuerda el mismo empeño de mantenerse en vida, ya que a los episodios epidémicos han sido superados por la especie. En todo esto, los temores colectivos que se disparan son terroríficos a la luz de los imaginarios, superando incluso el plano de lo realmente perceptible:


La peste es, sin duda alguna, entre todas las calamidades de esta vida, la mas cruel y verdaderamente  la mas atroz. Con gran razón se llama el Mal por antonomasia. Porque no hay en la tierra mal alguno que sea comparable y semejante a la peste. En cuanto en un reino o una república se enciende este fuego violento e impetuoso, se ve a los magistrados estupefactos a las poblaciones asustadas, a los gobiernos políticos desarticulados. La justicia ya no es obedecida; los talleres se detienen; las familias pierden su coherencia, y las calles su animación. Todo queda reducido a una extrema confusión. Todo es ruina…Los hombre, perdiendo su valor natural y no sabiendo ya que consejo seguir, van como ciegos desesperados que chocan a cada paso contra su miedo y sus contradicciones. Las mujeres, con sus llantos y sus lamentos, aumentan la confusión y la angustia, pidiendo remedio contra un mal que no tiene ninguno. Los niños derraman lagrimas inocentes porque sienten la desgracia sin comprenderla.[5]


Este terrible retrato dibujado por el lisboeta Francisco de Santa María en 1697, denota no solo las consecuencias y efectos sistemáticos para las poblaciones en la epidemia, sino que nos habla tanto de las sensaciones vinculadas al miedo individual, el quebranto del control disciplinario de la sociedad, y  la relación corporal con el poder expresada en la necesidad de pedir un remedio contra un mal. Visto así, la enfermedad de forma paralela a su desarrollo epidémico y clínico, expande una pandemia de miedo (visto como patología), que dispara tras el un mecanismo de control social vinculado al poder sobre los cuerpos.

Para entender estos de forma mas precisa, es necesario aclarar un par de  conceptos que han trabajado tanto el filosofo francés Michel Foucault como por el sociólogo italiano Antonio Negri, a quienes destacamos por sus aportes en el ámbito teórico del biopoder. Para complementar la definición ya acuñada por nosotros con respecto al biopoder, Negri define a este como …“una forma de poder que regula la vida social desde su interior, siguiéndola, interpretándola, absorbiéndola y rearticulandola.”[6], esta dinámica sustenta una óptica que amplía el sentido de la política misma, nos lleva al campo de la biopolítica.

Ahora, a partir desde este momento podemos ver al miedo en tres escalas distintas: como recurso de retorno ontológico (como lo expresamos inicialmente), como patología que se dispara a la par de la epidemia, y como dispositivo de control biopolítico. Esta polisemia a su vez se conjuga entre sí para constituir el esquema que nos despoja del razonamiento al momento de asumir al miedo, ya que este se constituye a partir de subjetividades, las cuales son construidas a través de la percepción.

Las percepciones se van a dar desde la estimulación multisensorial: lo visual, lo olfativo, lo auditivo, entre otros, y se convierten en lenguaje que conecta al entorno con el sujeto, quien se subjetiviza a partir del hecho comunicativo, construye formas de sentir. En el siglo XXI, y particularmente encumbradas en este 2020, las formas comunicativas han roto el recurso institucional externo (canal de televisión, estación de radio, prensa escrita), para darse desde los adentros de la gente a partir de redes de comunicación que se transforman en grandes foros de opinión pública democratizada y ampliada (twitter, facebook, instagram, whatsapp), redes sociales esenciales como dispositivos biopolíticos:


Un lugar en el que deberíamos situar la producción biopolítica del orden es en lo nexos inmateriales de la producción del lenguaje, la comunicación y lo simbólico, desarrollados por las industrias de las comunicaciones. El desarrollo de redes de comunicación tiene una relación orgánica con el advenimiento del nuevo orden mundial; es, en otras palabras, el efecto y la causa, el producto y el productor…Este es un sujeto que produce su propia imagen de autoridad. Es una forma de legitimación que no se fundamenta en nada exterior a si misma y que se propone incesantemente una y otra vez, desarrollando su propio lenguaje de validación.[7]


Visto así, el miedo que se irradia actualmente por la pandemia Covid-19, en gran medida se constituye desde la subjetividad de la dinámica comunicativa inmanente que se expande en redes sociales, y que han puesto en duda la eficacia misma de los estados liberales en la atención de la coyuntura, sobrecargando a los sujetos sociales encerrados en las cuarentenas, quienes ven en las redes sociales el portal único de interacción con la realidad; una realidad a través de filtros y a su vez sin ellos.

Los estados híbridos y la coyuntura sanitaria Covid 19

No queremos decir con lo comentado que no existan elementos y razones ligados a la enfermedad que generen un miedo concreto en la población; los testimonios y la percepción directa de los embates del Covid-19 en este 2020 ponen en alerta las políticas sanitarias, generando el retorno al temor por lo desconocido hasta que la humanidad se sienta en capacidad de controlar y derrotar la enfermedad con el desarrollo y éxito de una cura.

Sin embargo, es de nuestro interés el cómo la construcción de un lenguaje comunicativo desde la subjetividad inmanente es un dispositivo de biopoder, y cómo este es funcional a la constitución de modelos híbridos de Estado, los cuales entran en plena vigencia en el control de la actual pandemia planetaria.

Es importante ver cómo se han venido conformado los señalados sistema híbridos, los cuales se caracterizan por estar organizados en sistemas políticos cerrados, donde el concepto de participación democrática queda limitado a la figura de un partido único o de una estructura corporativa, desde donde se fomenta una economía abierta y de mercado, altamente diversificada y competitiva. En la actual coyuntura sanitaria, los estados con sistema híbridos han venido siendo eficientes en el manejo de la pandemia Covid-19, en contraparte con los sistemas liberales democráticos occidentales, donde las consecuencias han rebasado la planificación de la salud publica y privada.

Uno de los puntos fundamentales para el éxito en el manejo del Covid-19 (a pesar de los embates demográficos en contagios y fallecidos), ha sido una expedita docilidad social por la población de estos países, en donde, se ha atendido de forma mas precisa lineamientos públicos como los controles sanitarios, cuarentenas, restricción de movilidad, entre otras decisiones que se podrían calificar de polémicas, pero que han resultado en una contención mas efectiva del Covid-19, en tanto la búsqueda de la cura prosigue en el ámbito científico. El epicentro inicial de la pandemia, China, ha podido contener el crecimiento exponencial del virus, aplicando medidas controversiales para occidente, como la prohibición de acceso a extranjeros, lo cual a su vez esta deviniendo en actitudes de prejuicio a los foráneos residentes en el país. Rusia e India son ejemplos de naciones con sistemas híbridos de amplia demografía en donde el Covid-19 ha sido contenido a partir de fuertes medidas de control, pese a los señalamientos de manipulación de estadísticas, no existe realmente una matriz institucional que refute las cifras oficiales en estas naciones.

Estas variables nos permite acercarnos hacia un punto esencial que aparece en los sistemas híbridos: las formas de regulación social. Foucault  profundizó en el estudio de dispositivos externos de regulación social, los cuales son característicos de las llamadas sociedad disciplinarias. Estos mecanismos se dan desde entes supracorporales, e influyen en la regulación del comportamiento social en torno a un proyecto de poder, fomentando hábitos, costumbres, patrones de consumo, identidades y comportamientos. Es la esencia misma de las sociedades disciplinarias del sistema occidental moderno, donde mecanismos como la prensa, la iglesia, la televisión, la radio, la clínica, las escuelas, las fabricas, las prisiones, las universidades, entre otras tantas, terminan siendo parte de los mencionados dispositivos externos que regulan cuerpos y mentes: es una regulación trascendente.

Ahora, en un sistema híbrido, dicha regulación no se da desde un sistema disciplinario sino por uno de control, el cual se fundamenta esencialmente a partir de regulaciones inmanentes, osea la población se regula a si misma desde formas construidas desde las entrañas de su conciencia social. Es en este plano donde la docilidad social, si bien es fomentada desde el ojo visor de los estados, se siente en la gente a partir de la creación de subjetividades, dadas de la validación de si mismo como “productor y producto”.

Uno de los efectos de mayor alcance en medio de la pandemia Covid-19, ha sido el miedo construido a partir de la sobreinformación expresadas en fake news, cadena de audios en whatsapp, imágenes fuera de contexto, entre otras tantas, las cuales unicamente tienen como validación ser certificados por “personas cercanas o próximas a alguna institución o poder”, pero que contribuyen a la creación de una subjetividad: el miedo. Esta subjetividad ha sido clave en la regulación de comportamientos y hábitos en los sistemas híbridos, y ha sido base para el reclamo social de que el Estado atienda la emergencia, solicitando medidas extraordinarias así estas quebranten mecanismos democráticos o aumenten la participación de los mismos en los sistemas de servicios públicos y sanitarios; lo que se puede traducir en un aumento de la relación sujeto-gobierno, característico de los modelos híbridos, y que revierte en gran medida el sentido de libertad individual.

La red de relaciones de poder que se establecen a partir de lo narrado parecen ser un elemento que contribuye a moldear un nuevo tiempo histórico, el del siglo XXI, el cual se viene desanudando del siglo XX desde el 11 de septiembre de 2001, pero que hoy, al año 2020, nos permite dar un enfoque prospectivo mas claro de los nuevos parámetros que podrían regir a la tercera roca desde el sol en los tiempos venideros.

En la actual coyuntura sanitaria, los estados con sistema híbridos han venido siendo eficientes en el manejo de la pandemia Covid-19, en contraparte con los sistemas liberales democráticos occidentales, donde las consecuencias han rebasado la planificación de la salud publica y privada.


[1]     Emanuele Amodio, “Las marcas del mal: epidemias de viruelas en Cumaná” en Germán Yépez Colmenares (Compilador), Historia, salud y sociedad en Venezuela. Caracas, Ediciones del la Presidencia de la República- IEH UCV, 2002, p. 24.

[2]     León Portilla, Visión de los Vencidos: Relaciones Indígenas de la Conquista. Caracas, Ediciones de la Biblioteca Nacional, 2007. p.123-124.

[3]     Jean Delumeau, El miedo en Occidente. México, Taurus, 2005, p. 179.

[4]     Placido Rodríguez Rivero, Historia de la epidemia de calero en Venezuela, 1854-1856. Caracas, Parra León Hermanos, 1929, p.90.

[5]     Francisco de Santa Maria en Jean Delumeau, Op. Cit. p. 178-179.

[6]     Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio. Barcelona, Paidos, 2000, p. 38

[7]     Ibidem, p. 46.


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